Los megaproyectos de infraestructura inconclusos son cicatrices visibles que explican por qué el país no termina de estar logísticamente conectado. Un caso emblemático es el Tercer Puente sobre el río Orinoco (conocido en su proyecto como el Puente Mercosur), una promesa gigantesca que quedó a medias. Hoy en día, al viajar al sur del estado Guárico, en la población de Cabruta, aún se pueden observar los inmensos pilotes abandonados de la estructura que debía cruzar hasta Caicara del Orinoco, en el estado Bolívar, y que estaba destinada a ser la gran vía de conexión terrestre de todo el país, especialmente con el aislado estado Amazonas.
Amazonas y Delta Amacuro: Sobreviviendo en la intermitencia
La situación del estado Amazonas ilustra perfectamente el drama de la desconexión. Su capital, Puerto Ayacucho, cuenta con el Aeropuerto Nacional Cacique Aramare, el cual dependía de un único vuelo semanal hacia Caracas. Con la actual emergencia y el cierre operativo de Maiquetía, este hilo vital se ha cortado. Al perderse la forma más rápida y segura de salir o entrar del estado, los ciudadanos y comerciantes quedan relegados al uso de la navegación fluvial, un medio lento y limitante.
El abandono aerocomercial de Amazonas ha sido cíclico. En el pasado, los largos periodos sin vuelos comerciales regulares crearon una necesidad tan grande que muchos de sus habitantes se vieron forzados a cruzar la frontera para usar la infraestructura aérea del país vecino, terminando más conectados logísticamente con Colombia que con la propia Venezuela.
Por su parte, en el extremo oriental, el estado Delta Amacuro enfrenta una realidad similar. El Aeropuerto Nacional San Rafael en Tucupita solo recibe vuelos de manera intermitente. Quienes necesitan viajar, a menudo deben triangular conectando primero vía terrestre o aérea con el aeropuerto de Maturín, para desde allí intentar alcanzar el resto del país. La falta de frecuencias regulares destruye cualquier posibilidad de establecer una ruta comercial rentable y elimina la confianza del ciudadano en el transporte aéreo como un servicio permanente.
Inversiones millonarias sin despegue comercial
El problema no siempre ha sido la falta de aeropuertos, sino la ausencia de políticas que garanticen su operatividad comercial a largo plazo. Muchas ciudades y estados del país han recibido cuantiosas inversiones públicas para modernizar sus infraestructuras aéreas, pero han quedado como "elefantes blancos".
En el estado Portuguesa, la reinauguración del Aeropuerto Gral. Oswaldo Guevara Mujica en Araure/Acarigua prometía conectar a este importante polo agroindustrial; sin embargo, en la actualidad carece de la conectividad sostenida que requiere. Lo mismo ocurre con el Aeropuerto Subteniente Néstor Arias en San Felipe (Yaracuy) o el aeropuerto de Calabozo en Guárico. Tras inversiones significativas para reacondicionar pistas y terminales, el efecto esperado nunca llegó.
El aislamiento como barrera para la inversión
Estas infraestructuras subutilizadas mantienen el crecimiento y desarrollo de las regiones severamente limitados, haciéndolas dependientes de ciudades vecinas más grandes para mover su economía.
El aislamiento logístico es una barrera invisible. Frena en seco el desarrollo porque ahuyenta la inversión privada. Los empresarios y corporaciones no se atreven a explorar nuevos mercados, abrir sucursales, o desarrollar industrias (agrícolas, turísticas o de manufactura) en lugares donde mover personal, recibir mercancía urgente o enviar ejecutivos toma días de riesgosos viajes por tierra o río en lugar de un vuelo de 45 minutos.
Si queremos que nuevas actividades florezcan y que las regiones aprovechen su verdadero potencial, el país debe entender que una pista de aterrizaje asfaltada no sirve de nada si no hay aviones aterrizando en ella de forma regular. La conectividad no es un lujo centralizado, es el motor indispensable para la verdadera descentralización económica del país.

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