El Aeropuerto Nacional Bartolomé Salom de Puerto Cabello, construido originalmente en los años 80, pasó casi tres décadas sumido en el abandono. No fue sino hasta 2014 cuando, tras una inversión millonaria, el gobierno decidió incluirlo en un plan nacional de recuperación aeroportuaria. Su reinauguración incluyó la reconstrucción total de su infraestructura y la ampliación de su pista de aterrizaje a 2.000 metros (2 km), devolviéndole la operatividad.
Durante su reapertura, las autoridades nacionales, regionales y municipales destacaron un objetivo estratégico: elevar este terminal a categoría internacional. La visión era clara; Puerto Cabello serviría como el complemento perfecto para aliviar las limitaciones del Aeropuerto Arturo Michelena en la ciudad de Valencia, consolidando así las operaciones aéreas del centro del país.
El Eje Multimodal: Una visión logística integral
Las promesas de 2014 a 2017 apuntaban a convertir esta zona en el principal polo de desarrollo logístico de Venezuela. Las condiciones geográficas eran inmejorables, muy similares a las de La Guaira. El aeropuerto está ubicado a pocos minutos del principal puerto marítimo del país, por donde históricamente ingresa el 70% de la mercancía nacional.
El plan de transporte de la época visualizaba una interconexión perfecta: el aeropuerto y el puerto se enlazarían con el Sistema Ferroviario Central "Ezequiel Zamora" (en su tramo Puerto Cabello - La Encrucijada), el cual conectaría al estado Aragua y llegaría hasta Caracas por los Valles del Tuy. Además, esta red ferroviaria se integraría con el Metro de Valencia. De haberse culminado, miles de personas hubiesen encontrado empleo en este desarrollo, creando un escudo económico que habría mitigado enormemente el colapso de los años posteriores. Hoy, tristemente, el ferrocarril está inconcluso y el Metro de Valencia languidece con apenas seis estaciones operativas.
El eslabón perdido de la carga aérea
Al estar ubicado a escasos minutos del principal puerto de Venezuela, el aeropuerto de Puerto Cabello posee un potencial inmenso y desaprovechado para el desarrollo de vuelos de carga. Una verdadera integración marítimo-aérea permitiría que mercancías de alto valor, repuestos urgentes para las industrias o productos sensibles al tiempo que llegan por mar, pudieran ser distribuidos rápidamente por avión al resto del territorio o incluso reexportados.
Actualmente, las mermadas zonas industriales de Carabobo y Aragua dependen casi exclusivamente de Maiquetía para sus operaciones de carga aérea internacional. Esto obliga a las empresas a asumir costosos fletes terrestres y lidiar con los retrasos y la inseguridad en la Autopista Regional del Centro. Un terminal de carga operativo y con estatus internacional en Puerto Cabello no solo descongestionaría las aduanas de Maiquetía, sino que abarataría los costos logísticos, devolviéndole la competitividad exportadora a la región central.
Vulnerabilidad y centralización ante la emergencia
En la actualidad, el peso de todas esas promesas incumplidas es más evidente que nunca. Ante eventos recientes como los sismos ocurridos, y sumado a la histórica improvisación del sector aéreo, el país se ha quedado sin alternativas. La única respuesta del sistema es buscar la manera de que el Aeropuerto Internacional de Maiquetía absorba toda la carga (tanto de pasajeros como comercial) y vuelva a estar completamente operativo, evidenciando una preocupante falta de recursos para nuevas inversiones y una nula voluntad para desconcentrar las operaciones.
Si Puerto Cabello contara hoy con sus instalaciones ampliadas y su estatus internacional, la región central tendría una válvula de escape operativa invaluable ante cualquier crisis en la capital.
El efecto dominó de la infraestructura inconclusa
Este patrón de abandono se repite en todo el territorio nacional. Venezuela inició grandes megaproyectos concebidos con la visión de que hoy, en el 2026, el país tuviera una economía diversificada que no dependiera exclusivamente de la renta petrolera.
Si los sistemas de transporte masivo en ciudades como Maracaibo y Valencia estuvieran operando a plena capacidad, la movilidad urbana sería un motor de desarrollo. Del mismo modo, si la represa de Tocoma se hubiera culminado para 2014 como estaba previsto, el Sistema Eléctrico Nacional no sometería hoy a ciudadanos y empresas a paralizantes apagones de 5 a 8 horas diarias, los cuales deprimen a la población y frenan el crecimiento del sector comercial e industrial.
Retomar el rumbo para el bienestar nacional
No debemos olvidar la lección que nos deja nuestra propia infraestructura: cuando todo se concentra en un solo lugar (Maiquetía, el Guri, Caracas), cualquier desastre natural o emergencia económica hace que todo el sistema colapse.
Las grandes obras de infraestructura —aeropuertos regionales con capacidad de carga, ferrocarriles, metros y plantas de energía— son las herramientas que garantizan el equilibrio operativo de una nación. Retomar lo que un día se inició y ponerlo a funcionar no es un lujo, es una necesidad urgente. Es la única manera de devolverle a los ciudadanos la certeza de que sí hay futuro, frenando el éxodo de talento y brindando la confianza necesaria para que las empresas e industrias vuelvan a mantener al país en movimiento.


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