La Guaira es una entidad que respira y vive por y para el turismo. Históricamente, el motor de la economía regional ha sido ese flujo constante de visitantes que cada fin de semana con playas llenas, consume en locales y restaurantes que dinamiza los comercios y hoteles de la costa. Sin embargo, los sismos del pasado 24 de junio apagaron ese motor de golpe. Hoy, el panorama playero ha sido sustituido por escombros, hoteles clausurados y un luto silente por aquellos que perdieron la vida en los colapsos estructurales. La pregunta que flota en el ambiente costero es desgarradora: ¿cuánto tiempo pasará antes de que estos lugares vuelvan a abrir sus puertas?
La crisis económica inmediata ya tocó la puerta de los sobrevivientes. Aunque los comercios que no sufrieron daños estructurales han intentado levantar sus santamarías para reactivar la zona, la realidad comercial es crítica: las ventas se han desplomado por encima del 80%. Sin temporadistas ni turistas, y con una población local enfocada estrictamente en resolver sus necesidades básicas de supervivencia, mantener un negocio abierto en La Guaira se ha convertido en un acto de heroísmo financiero.
Frente a este escenario, ha surgido una queja generalizada por la parálisis del turismo. No obstante, la crisis también abre una ventana de oportunidad única si se maneja con criterios de justicia social y eficiencia económica: el gigantesco trabajo que viene para el estado estará concentrado, obligatoriamente, en la reconstrucción de la infraestructura.
Empleo local: La Guaira para los guaireños
Levantar los muelles, reparar los viaductos, demoler las estructuras inseguras y reconstruir los hoteles y viviendas va a requerir una cantidad masiva de mano de obra. La principal demanda de los habitantes de la entidad es clara y legítima: los puestos de trabajo generados por estas obras públicas y privadas deben ser ocupados prioritaria y obligatoriamente por los residentes de La Guaira.
El estado cuenta con una población técnica, obrera y comercial que se ha quedado de la noche a la mañana sin el sustento del turismo. Sería un grave error gerencial —y una profunda injusticia— que las empresas contratistas o las corporaciones del Estado traigan personal de otras entidades del país para ejecutar las labores de reconstrucción, dejando a las familias locales en el desempleo y dependiendo de bolsas de comida reguladas.
La reconstrucción no debe ser vista solo como un gasto de cemento y cabilla, sino como el nuevo motor económico de contingencia para la región. Cada salario pagado a un obrero, albañil, soldador, ingeniero o electricista guaireño es dinero que se quedará en la misma comunidad, reactivando ese comercio local que hoy registra caídas del 80%.
El renacer de La Guaira no vendrá del turismo en los próximos meses; vendrá del esfuerzo de su propia gente levantando las paredes que el sismo tumbó. Es hora de que las políticas públicas entiendan que para sanar la economía regional, primero hay que garantizarle el pan y el trabajo a quienes han decidido quedarse a reconstruir su hogar sobre la costa.




