En entregas anteriores he documentado las reiteradas ocasiones en las que el Ejecutivo nacional anunció la reapertura de diversas terminales aéreas en todo el país. Desde el año 2014, se puso en marcha un supuesto plan de reacondicionamiento que abarcó aeropuertos en los llanos de Apure, la "Ciudad Jardín" de Maracay y Puerto Cabello, entre una larga lista de instalaciones que, tras años de abandono, prometían ser reactivadas. Sin embargo, el impacto de estos anuncios suele ser efímero: tras millonarias inversiones, la cruda realidad se impone y la gran mayoría de estas terminales hoy no cuentan con las frecuencias de vuelos comerciales regulares que se prometieron en su momento.
La reciente tragedia natural provocada por los sismos desnudó por completo la ineficiencia de los planes y las políticas públicas del Estado. Hoy se evidencia que gran parte de la infraestructura ejecutada en el pasado está completamente inoperativa o carece de una política real de resiliencia y mantenimiento estructural. El colapso y posterior cierre forzado del Aeropuerto Internacional de Maiquetía no es un hecho fortuito adjudicable únicamente a la naturaleza; es la consecuencia de una década de ausencia de mantenimiento correctivo y preventivo profundo en las juntas de dilatación, techos y sistemas estructurales de la principal puerta de entrada al país. Este patrón de abandono, lamentablemente, se repite en arterias viales críticas como los viaductos de la autopista Caracas - La Guaira.
Ante la emergencia, la respuesta oficial ha sido la improvisación. Un caso emblemático es el Aeropuerto Nacional de Aragua las Tacarigua, el cual está siendo intervenido a contrarreloj para lo que sería su tercera reapertura. El objetivo actual es habilitarlo para recibir vuelos nacionales y aliviar el colapso operativo del Aeropuerto Arturo Michelena de Valencia. No obstante, esta solución expone un severo cuello de botella logístico: la terminal de Valencia, diseñada históricamente para el apoyo y la carga, posee una rampa comercial y un área de migración extremadamente limitadas para absorber el flujo de aerolíneas internacionales pesadas y de conexiones clave que antes operaban en Maiquetía. Derivar esta demanda hacia Valencia pone al límite el suministro de combustible (Jet-A1) y el manejo de equipajes, mientras que habilitar Maracay a las carreras exige certificar sistemas de ayuda a la navegación, balizamiento y servicios de extinción de incendios (SEI) de alta categoría; elementos técnicos de seguridad aeronáutica que no se pueden improvisar en días.
Esta realidad de parches y respuestas tardías no es aislada. Los venezolanos sabemos bien que los proyectos de envergadura nacional han sido paralizados sistemáticamente sin explicaciones ni cronogramas de reactivación. Las promesas inconclusas más visibles para la población son el Tercer Puente sobre el Río Orinoco, el sistema de transporte Caracas-Guarenas-Guatire, las expansiones de los metros de Valencia, Maracaibo y Los Teques, y el tramo ferroviario La Encrucijada - Puerto Cabello. A nivel macroeconómico, se calcula que cerca de 300 macroproyectos iniciados desde 2006 —en su mayoría ligados a convenios internacionales del boom petrolero— permanecen hoy paralizados o abandonados. Esto representa no solo una pérdida de miles de millones de dólares que comprometen el Producto Interno Bruto (PIB) potencial de la nación, sino una condena a la ineficiencia: al no concluirse el sistema ferroviario central, el país sigue dependiendo exclusivamente del transporte de carga por carretera, encareciendo drásticamente los costos logísticos de toda la economía.
La gestión de esta contingencia pone al descubierto la severa crisis gerencial de un modelo político con 26 años en el poder. La indolencia y la desconexión con la realidad quedaron en evidencia incluso en el manejo político y simbólico de la emergencia, al decretarse el luto nacional una semana después de la catástrofe y no el mismo día del trágico evento.
El país cuenta con el talento humano, la mano de obra calificada, técnicos y obreros capaces de culminar con éxito estas obras y levantar la infraestructura nacional. Sin embargo, bajo una gestión que recicla continuamente a los mismos funcionarios en diferentes ministerios y direcciones, queda demostrado que la reconstrucción del país y el bienestar de los ciudadanos no están en sus prioridades o, sencillamente, jamás han sabido cómo llevarlos a cabo.

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